miércoles, 3 de mayo de 2017

Richard Bentley (1662-1742) – el fundador de la filología histórica

Richard Bentley
Richard Bentley llevó nuestra comprensión lingüística del latín y el griego clásicos a un nuevo nivel. Su nombre no es hoy conocido más que por los especialistas. Sin embargo, puede considerárselo como uno de los grandes genios intelectuales de una época repleta de talentos en todos los ámbitos. Fue una persona polémica en su tiempo por su crítica demoledora contra los errores de sus contemporáneos, pero fue reconocido por los mayores intelectos de su tiempo, como por ejemplo Isaac Newton.

De la granja paterna a Oxford y Cambridge


De una familia de campesinos acomodada, Bentley evidenció ya en su adolescencia dotes destacadas. Su abuelo materno financió sus estudios en Cambridge. Tras su graduación fue designado como tutor del hijo del Dr. Edward Stillingfleet, uno de los miembros más destacados de la iglesia Anglicana de la época.  En la casa de su patrón, dotada de una de las bibliotecas más ricas de Inglaterra, Bentley emprendió en estos años las vastas lecturas que fundaron la gran erudición que todas sus obras evidencian.

Su rol como tutor le otorgaba el tiempo libre necesario para sus amplias investigaciones. Acompañó a su discípulo a Oxford, dónde tuvo oportunidad de ampliar sus investigaciones en las colecciones únicas de esa universidad, especialmente aquélla de la Bodleian Library. Después de ocupar diversos puestos eclesiásticos al servicio de su patrón (que había llegado al rango de obispo), y después de desempeñarse algunos años como bibliotecario de la reina, Bentley fue designado director del Trinity College de la Universidad de Cambridge en 1699 y en 1717 como profesor de teología en esa misma casa de estudios, posiciones en las que se desempeñó hasta su muerte.

Avances en la crítica textual


Manuscrito de las fábulas de BrabioBentley fue el crítico textual más grande de su tiempo y evidenció un talento único. Sus ediciones críticas hicieron época y su método para la corrección de textos superaba ampliamente en rigurosidad científica a los entonces aplicados. 

En primer lugar, Bentley basaba sus correcciones en sus muy profundos conocimientos de todos los aspectos de la historia, la cultura y la literatura grecorromanas, como lo evidencia su primera publicación, la carta a Mill para acompañar su edición de Malalas, una breve y brillante exposición en la que Bentley corrige más allá de todas dudas pasajes de 60 autores griegos y latinos mencionados incidentalmente en su argumentación. Fue publicada en 1690 cuando su autor contaba tan sólo con 28 años. 

En segundo lugar, Bentley se distinguía por su total comprensión y dominio de la métrica latina y griega, llegando a deducir personalmente algunos principios desconocidos de las mismas. Este dominio le permitía corregir los textos de los poetas antiguos con gran seguridad. De su análisis de los poemas homéricos Bentley dedujo la existencia de una letra arcaica, a la que denomino digama, después caída en desuso como única forma de explicar algunas peculiaridades métricas de los mismos. Pero la principal innovación introducida por Bentley en la filología fue la racionalidad crítica como base para la corrección de textos antiguos: como lo expresa claramente la siguiente afirmación: nobis et ratio et res ipsa centum codicibus potiores sunt. Todos estos principios son visibles en las magistrales ediciones críticas de Horacio y Manilio.

Edición de las apócrifas cartas del tirano Falaris

La querella sobre los antiguos y los modernos y la disertación sobre las Epístolas de Falaris


Si bien Bentley no fue un historiador y todas sus contribuciones estuvieron conectadas con problemáticas ligadas a la literatura antigua, su participación en una controversia académica de la época derivó en la producción por su parte de uno de los más brillantes ejemplos de crítica histórica de una fuente de todos los tiempos. La denominada “querella entre los antiguos y los modernos” fue una discusión erudita originada en Francia a fines del siglo XVII por algunos escritores que declaraban la superioridad de los más grandes autores de la época de Luis XIV respecto de los clásicos griegos y romanos. Esta opinión dio lugar a un apasionado debate que se extendió por muchos años. 

La polémica alcanzó Inglaterra cuando en 1692 Sir William Temple publicó su Essay on Ancient and Modern Learning. En esta obra Temple defendía la superioridad de los antiguos y argumentaba esta posición presentando imprudentemente las fábulas de Esopo y las cartas de Falaris como las más arcaicas y también las mayores producciones de la literatura antigua. Ambas habían sido consideradas probablemente espurias por numerosos autores, como por ej. Poliziano, pero nadie había presentado una argumentación definitiva sobre este tema. La obra de Temple motivó la producción de una nueva edición de las cartas de Falaris producida por el joven académico Charles Boyle en 1695. Bentley en su rol de bibliotecario real se había mostrado, según Boyle, algo reacio a colaborar con la sesión de manuscritos para la edición de la obra, de la cual afirmaba, más allá de toda duda, su carácter apócrifo. Bentley, por supuesto, negaba todo.

Portada de la disertación de Bentley sobre las Epístolas de Falaris

Bentley fue atacado personalmente por Boyle en el prefacio de la edición de las cartas, lo que motivó, a su vez, una respuesta de Bentley publicada como anexo en una obra de su amigo Wotton contra las tesis de Temple. De esta disputa se derivó pronto una polémica general entre la sociedad culta de Inglaterra, en la que la mayoría tomó partido contra Bentley. En ese momento éste publicó una versión aumentada de de su nota crítica (titulada: Una disertación sobre las cartas de Falaris) para ser incluida en la segunda edición de la obra de Wotton.  Esta disertación es sin duda como una de las más brillantes exposiciones académicas de la época, Bentley demuestra que gran número de contradicciones cronológicas y lingüísticas prueban más allá de toda duda que las cartas son un invento tardío, totalmente ajeno al Falaris histórico. El mérito de esta obra no es tanto la demostración de la falsedad de las cartas, algo que ya había sido declarado por otros autores, como la genial argumentación crítica para probar este punto más allá de duda.

La Disertación señala el logro de un nuevo nivel en la crítica interna de las fuentes. Podemos presentar aquí sólo algunos de los argumentos de Bentley: A) Cronológicos: Bentley toma el 550 a.C. como la más tardía fecha posible para la época de Falaris, y muestra la insalvable contradicción que representa la mención de la ciudad de Pinthia en las cartas, cuando la misma no fue fundada sino tres siglos más tarde, y la de Alesa, que lo fue 140 años después. Un alfarero de Corinto nombrado en una carta, vivió 120 años después que Falaris. Además, muchas ciudades son designadas en las cartas, con nombres que recibieron después de la época de Falaris, como Messana y Tauromenio. Más flagrantes aún son las contradicciones que implican las citas en las cartas de autores que todavía no habían nacido e incluso las menciones de géneros literarios que todavía no habían sido desarrollados. B) Lingüísticas: Las cartas están escritas en el dialecto ático, cuando Falaris, el tirano de la colonia doria de Agrigento debería haber usado un dialecto dorio. Además, el dialecto ático aparece en su forma tardía, distinta de aquella del período clásico más cercano a Falaris.

jueves, 2 de marzo de 2017

La torre de Montaigne


La torre de Montaigne
La torre de Montaigne
Michel de Montaigne fue un humanista y escritor francés del siglo XVI (1533-1592), conocido hoy por sus Ensayos, una obra maestra de la literatura universal que, si somos francos, es muy poco leída en la actualidad.

Los ensayos cubren los temas más variados, desde los hábitos de los caníbales americanos a la educación de los niños, pasando por discusiones de las obras de autores antiguos, de los malos olores o los pulgares. En realidad, como el mismo Montaigne advierte al principio, el único tema que da unidad a la colección es su persona, pues la obra constituye, ante todo, una exploración introspectiva. Montaigne decía que, antes que ser experto en Cicerón, prefería ser experto

Al lector contemporáneo puede resultarle tedioso, entre otras cosas, el despliegue de erudición clásica con que Montaigne satura muchas de páginas, repletas de citas griegas y latinas en el idioma original. Pero debe comprenderse que la relación de Montaigne y los humanistas del siglo XVI con los idiomas antiguos era muy diferente de la nuestra. De hecho, el caso de Montaigne era especial porque, debido a las originales ideas educativas de su padre, el latín era su primera lengua, y el griego la segunda.

Otra vista de la torre de Montaigne
Sí, el latín era la verdadera lengua materna de Montaigne. Su abuelo había amasado una enorme fortuna en el comercio y comprado grandes extensiones de tierra y un castillo para ennoblecerse. Su padre, siguió una carrera militar y trató de dar a su hijo la mejor educación disponible. Él mismo no había gozado de ella y quería que Michel no tuviera esa desventaja.

Para cumplir su plan, Montaigne padre contrató un tutor alemán que no conocía ni una palabra de francés. Éste debía hablar al niño sólo en latín. Se prohibió a los sirvientes y a los miembros de la familia dirigirse al pequeño en francés. A los seis años, Michel hablaba el latín a la perfección, y empezó entonces a estudiar griego como segunda lengua. Sólo unos años más tarde, comenzó a aprender francés. Es decir que Montaigne, probablemente, pensaba en latín.

Tras una carrera como abogado, en 1570, Montaigne se retiró a sus dominios para dedicarse exclusivamente a cultivar sus propios pensamientos. Tenía allí una torre equipada con una extensa biblioteca –llena, por supuesto, de los clásicos- que era su refugio y su lugar de trabajo.

La torre todavía se conserva. La biblioteca se dispersó poco después de la muerte de Montaigne, pero su obsesión por los clásicos sigue presente. Todavía pueden leerse, en las vigas del techo, las máximas en latín y griego que hizo grabar en ellas, para leerlas y reflexionar mientras caminaba por la habitación.

Se trata de máximas extraídas de autores antiguos y de la Biblia (muchas procedentes de los Adagia de Erasmo), que son un testimonio del interés de Montaigne por la filosofía y de su adhesión al escepticismo. Aquí algunos ejemplos:
 
Citas latinas en el techo de la torre de Montaigne
Citas latinas en el techo de la torre de Montaigne

ΑΥΤΑΡΚΕΙΑ ΠΡΟΣ ΠΑΣΙΝ ΗΔΟΝΗ ΔΙΚΑΙΑ
La autarquía es el único placer justo

HOMO SVM HVMANI A ME NIHIL ALIENVM PVTO
Soy un hombre y nada de lo humano me es ajeno,


SERVARE MODVM FINEMQVE TENERA NATVRMQVE SEQVI
Conservar la justa medida, perseverar hacia un fin y seguir a la naturaleza

ΤΑΡΑΣΣΕΙ ΤΟΥΣ ΑΝΘΡΩΠΟΥΣ ΟΥ ΤΑ ΠΡΑΓΜΑΤΑ ΑΛΛΑ ΤΑ ΠΕΡΙ ΤΩΝ ΠΡΑΓΜΑΤΩΝ ΔΟΓΜΑΤΑ
Lo que preocupa a los hombres no son las cosas sino lo que ellos piensan sobre éstas

Para nosotros, estas frases traen el eco de una sabiduría antigua y remota. Para Montaigne, tenían la cercanía íntima de sus lenguas maternas.